Hay una forma de malestar que rara vez se ve desde fuera. No obliga a dejar de trabajar. No impide cuidar de los hijos. No encierra a nadie en una habitación.
Quien la vive sigue adelante. Cumple horarios, responde mensajes, hace planes, incluso sonríe cuando toca. Pero en algún momento, casi sin darse cuenta, empezó a vivir con una especie de desconexión silenciosa. Como si los días transcurrieran demasiado rápido y demasiado iguales.
La Dra. Sara Márquez Sánchez, psiquiatra, observa cada vez más personas así en consulta y lo identifica como “la vida en gris”. Personas que no describen una tristeza intensa ni una ansiedad incapacitante. Lo que cuentan es otra cosa: cansancio, rutina, levantarse cada mañana sin ilusión.
Durante años se ha asociado la pérdida de Salud Mental a síntomas muy visibles. Sin embargo, existe un desgaste mucho más frecuente: el de quienes viven permanentemente ocupados y, aun así, sienten una especie de vacío difícil de explicar. La productividad ha ocupado espacios que antes pertenecían a la vida.
Hay personas que ya no recuerdan cuándo fue la última vez que hicieron algo simplemente porque les apetecía. Otras viven esperando el fin de semana, las vacaciones o cualquier pausa que les permita desconectar unas horas. Y lo preocupante es que socialmente se ha llegado a normalizar.
El piloto automático desgasta más de lo que parece. La mente humana tiene una enorme capacidad de adaptación, incluso al cansancio. La sensación de vivir agotados emocionalmente se ha convertido casi en una forma habitual de vida. Por eso muchas personas tardan años en darse cuenta de que algo no va bien. No necesariamente porque exista una enfermedad, sino porque han perdido conexión con aspectos básicos de su vida: la capacidad de disfrutar, de estar presentes o de sentir interés genuino por las cosas.
La rutina deja entonces de ser estabilidad para convertirse en monotonía. Y cuando eso ocurre, el malestar se instala poco a poco. A veces empieza con irritabilidad, dificultad para descansar o sensación de saturación constante. En consulta hay una frase que la Dra. Sara Márquez escucha cada vez con más frecuencia: “No sé exactamente qué me pasa, pero sé que no me siento bien.”
Uno de los errores actuales, explica la especialista, es pensar que solo merece atención aquello que alcanza la gravedad suficiente como para obligarnos a parar. No toda apatía cotidiana debe medicalizarse, pero tampoco debería ignorarse el impacto que tiene vivir durante años desconectados de uno mismo. No todo necesita un diagnóstico, pero sí atención. Muchas personas buscan ayuda cuando ya están completamente agotadas, después de mucho tiempo funcionando por inercia.
La Dra. Sara Márquez recuerda con frecuencia en consulta que cuidar la Salud Mental también implica recuperar pequeñas cosas que se han dejado de hacer de forma consciente: volver a habitar los momentos cotidianos. Desayunar sin mirar el móvil, ducharse sin repasar mentalmente los pendientes del día o salir a caminar sin necesidad de llenar cada silencio con estímulos.
Pueden parecer gestos insignificantes, pero tienen algo importante: obligan a la mente a volver al presente.
La sociedad enseña a producir, resolver y llegar a todo, pero no a estar presentes en la propia vida. Y muchas veces el desgaste psicológico empieza ahí, en la acumulación de días vividos deprisa y sin pausa.
En este escenario, todavía hay quienes sienten culpa por no encontrarse bien “sin tener motivos”. Pero pedir ayuda no significa haber fracasado, sino dejar de ignorar un malestar que lleva demasiado tiempo presente.
Porque la Salud Mental no consiste únicamente en no tener una enfermedad. También implica detenerse a observar cómo se vive, reconocerse en la propia vida y conservar espacios para el disfrute, la calma y el sentido personal más allá de sobrevivir a la rutina.
Psiquiatra

